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De Quimeras y Ensoñaciones

El cementerio perdido

Desde la cima, a lo lejos podía ver las luces de una ciudad, extendiéndose en puntitos agrupados cual teselas de un mosaico, a lo lejos, no más de seis u ocho kilómetros. Se preguntó, sin mucho interés, que pueblo sería aquel, aún tenía por delante bastante distancia que recorrer para llegar a su destino final, unas tres horas, calculó. Su vehículo dio un tirón, hizo un ruido extraño, luego otro tirón y otro más, y lentamente fue atemperando su velocidad, el motor dejó de hacer ruido y ya tan solo se movía a impulsos de la pendiente.

- ¡Mierda! , ¡Joder!, ¿Qué coño te pasa?- Se explayó furioso y cabreado el conductor contra su automóvil, golpeando contra el volante, mientras intentaba una y otra vez arrancarlo, girando la llave de contacto a la desesperada, a la vez que pisaba de forma enérgica el acelerador- No me hagas esto, ahora no, por favor, por favor ¡Arranca de una puñetera vez!.

Cansado de intentarlo, se apeó, levantó el capó y miró dentro, guiado por un acto reflejo, como si con mirar lo fuese a arreglar, él, que no tenía ni la más remota idea de mecánica.
La luz de la luna nueva apenas le dejaba distinguir la masa amorfa del motor.
Lo dejó por imposible.
A su nula capacidad de mecánica se unía la oscuridad. Pensó en el peligro que suponía su coche en medio del camino y a favor de la pendiente, lo ladeó, apartándolo de la senda, luego caviló que no había sido buena idea tomar el atajo, no había visto ningún vehículo desde hacía una hora. Ni siquiera intentó usar el teléfono móvil, el día anterior se había quedado sin batería y se le olvidó recargarlo al salir.

- Bueno, ¿Y ahora que hacemos?. ¿Qué haría James Bond? – rió para sus adentros la
ocurrencia, a pesar del fiasco se sentía de buen humor – Pues a esperar que pase algún vehículo o que se haga de día.

Al mirar hacia atrás, observó una luz en la lejanía, no debería de estar a más de dos kilómetros. Por intentarlo que no quede. De todas maneras, por aquel camino no iba a pasar ni un puto coche.
Un caminito secundario torcía a la izquierda y ni corto ni perezoso allá se aventuró. La luna nueva proyectaba sombras en la oscuridad, el silencio era tétrico, oía sus propios pasos sobre la arena y el ulular del viento. Los grillos habían dejado de oírse. Un escalofrío recorrió su cuerpo en la serena y templada noche de verano. En otras circunstancias hasta hubiese sido hasta agradaba pasear con compañía, con su mujer agarrada del brazo, por aquel caminito solitario a luz de la luna, romántico inclusive.
No sabía cuanto tiempo había estado andando, ahora el caminito se ensanchaba y sus ojos distinguían una masa grisácea alargada que se transformó en un muro, y detrás del mismo unos árboles cilíndrico-cónicos que parecían querer hacerle cosquillas a las estrellas y que proyectaban fantasmagóricas sombras a la luz de la luna.
Era a todas luces un cementerio.
La luz de unos faroles se proyectaba sobre el muro, colgando del mismo, frente a la cancela de hierro forjado de la entrada. Se acercó, miró hacia dentro, y a la luz de la luna distinguió un camino de baldosas que terminaba en una casita, al fondo, de donde irradiaban luces a través de las ventanas.

-Puede que hasta tenga suerte- se alegró momentáneamente con sus pensamientos- quizá el enterrador ó algún guarda del cementerio vivan aquí y tengan teléfono ó me puedan ayudar.
Apoyó su mano contra la manija de la puerta, sintió un calambre, la giró y empujó hacia dentro la verja, está cedió bajo un chirrido que le hizo castañetear los dientes. Una bandada de pájaros desconocidos emprendió el vuelo y su silueta se reflejó en la luna nueva. Una lechuza emitió un chillido. Después, de nuevo el silencio. La hoja de la puerta de hierro forjado había dejado un amplio hueco por el cabrían dos personas, no siguió empujando, y penetró en el campo santo. A izquierda y derecha, caminitos de adoquines se perdían entre nichos, tumbas y cipreses. Nunca le habían impresionado los cementerios, al contrario, le parecían lugares hermosos, tranquilos, silenciosos, un oasis en medio del bullicio de la ciudad, lo único que le deprimía no era el lugar en si, sino las gentes que los visitaban, sus tristezas y lágrimas, eso si era lo que le ponía enfermo, pero un cementerio vacío no le imponía, no le asustaba. No había más que cuerpos sin vida, muertos, carne en putrefacción y huesos. No creía en paparruchas de fantasmas, espíritus, ni cosas de esas, siempre le habían traído al fresco, cuando uno se muere, se muere y ya está, sin más.

Tomó la senda principal que conducía hacia la casa, flanqueado por nichos de tres pisos, llenos de flores, unas de plástico, otras naturales, embutidos en jarrones, en vasos o en racimos sueltos, y velas encendidas que casi permitían ver como si fuese de día. Miró su reloj, pasaba media hora de la media noche, no era tarde aún, él ó los habitantes de aquella casa debían de estar aún despiertos. A pesar de su ateísmo, rezaba, más bien rogaba, que realmente hubiese alguien viviendo allí con teléfono y a todas luces parecía plausible. Al pasar debajo de un pino centenario, sus pies pisaron las secas acículas y un ruido de mil pares de narices retumbó entre las paredes, se asustó, tropezó en la oscuridad con una de las raíces del árbol que sobresalía por encima de las baldosas y a poco da con sus huesos en el suelo a no ser que se agarró a una gran cruz de piedra que ostentaba la cabecera de una sepultura abierta, vacía, a cuyo lado izquierdo se intuía un montículo de tierra de reciente extracción y al derecho una lápida, con borrosas palabras, indistinguibles a la luz de la luna desde su posición erguida. Tembló ante el hecho de haber podido caer en aquel agujero negro, en aquella tumba vacía abierta, en la cual no se veía el fondo en la oscuridad de la noche. Hubiera sido mala suerte también. Ya hubiese sido el colmo de las desgracias, haber caído por aquel hoyo y haberse roto la crisma. De pensarlo, unas gotas de sudor le cayeron por la frente, pero él interpretó que eran debido a la larga y cansina caminata que se había dado. Debía ir con más cuidado. La casita estaba justo unos cuantos pasos más allá, filtrándose la luz a través de las cortinillas de las ventanas. Creyó oír voces. Una radio, un televisor quizá.

Estaba salvado.

Cuando puso sus pies sobre el primer escalón, la puerta de la casa se abrió y un rectángulo de luz se proyectó sobre el exterior anegándolo todo de destellos. Retrocedió asustado, como si le hubiesen pinchado con un alfiler, y de un salto hacia atrás descendió el escalón, intimidado por aquel resplandor que le cegaba y sin embargo no podía apartar sus ojos de la luz, de la puerta abierta, en la que una sombra, como un espectro, no creía en esas cosas, se había materializado en el umbral. Se tranquilizó casi al instante, una vez pasado el susto inicial ante aquella sorpresa no esperada, y sin apenas distinguir más que un bulto en la entrada empezó a hablar.

-Discúlpeme que le moleste, mi coche ha quedado averiado cerca de aquí y me preguntaba si ustedes podrían ayudarme, ¿tienen teléfono? ¿Podría realizar una llamada? – preguntó a la figura aun indistinguible que se erguía al contraluz, sobre el marco de la puerta- no les entretendré, sólo avisar a mi compañía de seguro, que manden una grúa para acercarme a mi y al coche a la ciudad.
Una voz le contestó. Si no fuese tan condenadamente ateo, hubiese jurado que venía de ultratumba, una voz de esas como las que les ponen en las películas a las momias cuando resucitan ó a los fantasmas, una voz ronca y queda, que parecía provenir de todos de los lados, menos de donde se presuponía que venía.

- Todo está preparado para recibirte, pero todavía no es la hora, has llegado demasiado pronto.

No entendió nada, absolutamente nada. Tartamudeando, empezó a repetir las mismas palabras anteriores, pidiendo ayuda, solicitando un teléfono. No pudo apenas continuar. Escuchó unos ladridos fuertes, repetitivos, atroces, que le retumbaron en los oídos y vislumbró una figura oscura, ágil y estilizada que se movía entre la luz, velozmente, emitiendo ladridos rabiosos. No necesitaba verlo para saber que era aquello y empezó a correr, huyendo despavorido, los muertos no le daban miedo, pero los perros si, les tenía pánico desde que un doberman casi le arranca un brazo, esta vez sí estaba asustado ante un peligro tangible y tan real y al huir, olvidó la raíz del pino, con la que tropezó nuevamente, cayendo al suelo y golpeándose la rodilla contra la lápida de la tumba abierta, lastimándosela, sintió un dolor tan agudo que por unos instante creyó haber perdido el sentido, el conocimiento, su alarido se confundió con los ladridos, se reverberó propagándose por toda la necrópolis, permaneció allí tumbado, agarrado a la lápida, contusionado, sus ojos se iban acostumbrando a la oscuridad e instintivamente, como un acto reflejo, leyó la inscripción de aquella piedra que tenía a pocos centímetros de sus ojos.

¡Su nombre estaba allí escrito! ¡Y su fecha de nacimiento! Y una inscripción que decía: “Tu adorada esposa Cristina y tus hijos Juan y Luis nunca te olvidarán”. ¡Eran los nombres de su mujer y los de sus hijos! Todo aquello estaba grabado con letras doradas sobre aquella lápida. Se olvidó del perro, se olvidó de la figura al contraluz de la casa, se olvidó del dolor que sentía y moviéndose a un lado buscó como un poseso la fecha que se suponía sería la del fallecimiento y que su cuerpo tapaba.
¡Era hoy¡ ¡La fecha del fallecimiento era la fecha de hoy! Ya era después de medianoche. Antes de perder por completo el sentido, recordó las palabras de aquella sombra, fuese lo que fuese : “ Todo está preparado para recibirte, pero todavía no es la hora, has llegado demasiado pronto”.

Cuando despertó, dentro de su coche, estacionado en la orilla, la oscuridad seguía rodeándolo y un sudor frío le recorría todo el cuerpo.

- ¡Que sueño tan real! – arguyó en voz alta para si mismo, todavía temblando, se pasó la mano por la rodilla, no había ninguna herida - Uf, joder, no puedo olvidarlo, a pesar de que sé que tan solo es un jodido sueño. ¿Cuánto tiempo habré estado dormido? .
Miró su reloj, tan sólo era la una, ni media hora siquiera había transcurrido, se había quedado traspuesto, una cabezadita y un horrible sueño y ni un solo coche había pasado, algo cansado, salió al exterior a estirar las piernas y en la lejanía vio una luz que no recordaba haber visto antes, justo en el mismo lugar que aparecía en su sueño. Sintió un pinchazo a la altura del pecho, a la altura del corazón, algo le roía por dentro, le molestaba, hurgó entre los intersticios de su camisa, la desabotonó y con asombro extrajo unas acículas de pino.

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